La manzana y el amante

Sí, se debe pensar, siempre se debe pensar.  Sospecho que esto no le guste a muchos, quizá tampoco a ti, pero en el amor, como en todo en la vida, conviene pensar, y probablemente si no hay un buen pensar no habrá un buen amor que dure.  El albur, el instinto, lo que surja, el iremos viendo, si no funciona no sirve de nada pensar, y así, son premisas que hace tiempo deseché de mi caja de herramientas. Porque pienso, porque me detuve a pensar más allá de mis cánones supuestos, de mis prejuicios heredaros, de mis hormonas embaucadoras, de mis futuribles limitaciones, un día tuve la idea de salir a buscar a alguien como tú, la que más me ha ayudado a seguir pensando, siempre.  Porque pienso me procuro el tiempo, el disfrute y la felicidad de escribir estas discusiones para destilar el amor.

No obstante, entiendo tu objeción: si no hay amor (y dígase aquí si se quiere algo poético del estilo: si la llama se apaga…) de poco sirve darle de latigazos a las neuronas. Ahora bien, si tienes una hoguera encendida más te vale tener leña a mano o correr por reservas al bosque, mientras aún estés a tiempo, para que ese calor no merme ni se extinga.

Concuerdo con tu primera idea: se debe estar dispuesto a recibir, sí. ¿Todo? No. No deberías recibir de mí espinas sin rosas,  hastío o desazón, repeticiones, renuncias, flojera, reproches o cobardía. Entiendo que en esa, tu sana intención de abrir los brazos a cuanto te entregue, hay una presunción de bondad para todos mis regalos, aunque algunos no los termines de ver como tales a primera vista. Matizar sobre este punto entiendo que supone un desarrollo sobre el valor pedagógico del papel envoltorio. Pongamos un ejemplo antes de que nos tachen de abstractos sin sustancia. Si quiero invitarte a un viaje a Finlandia, sabiendo lo poco que te gusta la carne de gallina, las sábanas témpano y los pies entumecidos, tomaré la precaución de elegir la cajita con el papel de los colores de una aurora boreal fabulosa, rellena de plumón de oca madura polaca y con la promesa adjunta de que el próximo será al Serengueti o al archipiélago de las Cícladas. Una muestra más realista y menos onerosa sería: hoy no podemos dar el paseo porque quiero llegar con tiempo de hacer el amor.

Y ya que estamos con las manos en harina dilucidemos la receta de nuestras relaciones sexuales en el futuro. Considero el sexo un placer económico, íntimo, y por tanto infinito. En lo que a mí respecta espero no renunciar jamás a ello. Y antes de que se eleven los murmullos: ni por asomo lo creo supeditado al goce bastardo que se deriva de la demostración de la capacidad para consumirlo. Sé que tú tampoco. Tengo oído y visto que las parejas que por fisiología o monotonía renuncian a su vida sexual, apagan ese prurito latente en la euforia de las compras y logran un sucedáneo del orgasmo presumiendo luego entre los amigos de sus hallazgos. Podemos todavía enorgullecernos de nuestra vitalidad sexual sin que, en principio, se resienta su esencia gozosa, porque para ambos ésta no tiene en la exhibición el principio de su benevolencia o de su bien.

Convenimos en el sexo como ese encuentro con el cuerpo y con el ahora al que no queremos renunciar así nos retuerzan el pescuezo o la aorta. Y ya ese consenso nos ofrece una garantía nada despreciable. De modo que, si la fisiología nos lo permite, a mi entender solo debemos ocuparnos de evitar en lo posible la invariabilidad, ese veneno con el que la rutina adormece el gusto.  ¿Cómo? Primeramente he de advertir a los neófitos o a los poco avisados que el sexo es un camino, como dije al principio, infinito, y basta caminarlo para descubrir que sus paisajes no se agotan fácilmente. El más sencillo consejo es habitual y común a muchas disciplinas: si quieres bienfollar, folla. Yo me digo: folla, no solo cuando te empuje el más libidinoso y santo de los deseos irrefrenables, folla también cuando estás cansado e incluso cuando no te apetece demasiado, folla del mismo modo que no dejas pasar una comida porque te sientes un poco inapetente. Folla lentamente o folla sin esperar un orgasmo brutal. ¿La edad ha desgastado tu caudal de testosterona o tus cervicales, tu flujo o tu tersura? Folla para abrazarte desnudo a quien amas, para acariciar, para encontrarte con tu propio cuerpo, para meditar y trascender, para evadirte, para relajarte. Folla porque es una de las mejores maneras que tenemos de comunicarnos y entendernos con nuestras parejas. Follar es una comunión, quizá no imprescindible, pero sí absolutamente necesaria.

Como ves, yo predico que un truco básico para no perder la emoción del sexo es no exigirle a la montaña rusa que te provoque la misma descarga de adrenalina la quinta que la primera vez. Y estoy seguro de que ya has pasado de la quinta. Y eso es básicamente porque, como decía, el sexo encierra muchas sorpresas y muchos recovecos. Nunca terminas de aprenderte todas las curvas y cada uno de los loop o los descensos vertiginosos, y además, siempre, casos clínicos aparte, te queda una sensación gratificante o relajante, habitualmente las dos.

¿Qué no viene mal un poco de creatividad? Por supuesto. Y estiro así del hilo con el siguiente punto para terminar de hilvanar la funda de nuestra cesta de leña: desde la creación el invento de la innovación se ha mostrado como el más inteligente y eficaz recurso para desatascar la dialéctica paralizada y paralizante. Tú quieres esto, yo quiero lo otro. Ambos tenemos por bueno el resultado del diálogo como la única forma de verdad que nos interesa, nos ponemos a ello. Puede, es raro, pero pasa, que a pesar de que nos esforcemos en sopesar las influencias del contexto, aclarar las motivaciones y despejar las ocultas estrategias, no descubramos esa plaza consenso en la que solazarnos al sol común. Mi propuesta es la siguiente: hagamos las dos o hagamos algo completamente nuevo, o las tres cosas.

Mi consejo para amantes maduros es que no se consideren ni acabados ni perfectos. La manzana en su sazón tiene un dulzor perfecto, un poco más y será amarga, de sabor pútrido. No te consideres una manzana. Eres un amante, con disposición al cambio, al crecimiento, a la evolución.

El bicho

 

¡Menuda bola me has pasado!

¡Uf! ¿Consejos para amantes maduros? Pues creo que no tengo ni idea. A penas puedo decir lo que yo hago, y mucho menos servir de modelo para nadie ni siquiera para ti.

Empecemos por la réflexión previa. ¿Se puede pensar en qué hacer para que el amor dure? Incluso ¿Se debe pensar en qué hacer para que el amor dure?

Yo estoy tentada de decir que cuando uno ama ama con todo lo que tiene. Que no puede ser de otra forma. Y que por tanto si uno da todo lo que tiene no es posible dar mas.

Pero ya te estoy oyendo, y lo he aprendido contigo, que no hay dar sin esperar recibir. Mira que me cuesta pensar en esto. Yo sigo creyendo que lo que uno puede hacer es amar, dar. Que recibir es cosa que compete al otro y ahí hay poco que rascar. Exigir, esperar, son caminos equivocados, pasos perdidos en mi opinión. Pero, aquí entras tu diciendo que no hay dar sin recibir, y eso lo he aprendido. Pues así es como funciona, uno da pero el otro tiene que recibir, y aunque uno tenga para dar y tomar, dará, mejor debe dar, lo que el otro esté dispuesto a recibir. Y aquí encuentro entonces la primera idea que puedo aportar, para que el amor dure hay que mantener la exigencia en el recibir, estar dispuesto a recibirlo todo, estar abierto a recibirlo todo.

Eso creo que no quiere decir que olvidemos lo que ya sabemos que va pasar, ni que actuemos ignorantes de lo que está pasando. Me refiero a que nos mantengamos en la exigencia completa, que deseemos de todo con el otro. Y puesto que yo mantengo que dar, uno da todo sin dosis, es en el recibir donde puede haber maniobra. Quizá si yo pienso y actúo como si fuéramos a tener sexo todas las noches, bueno o al menos una si y una no, si me entusiasmo pensando en el paseo por esa ciudad distinta cada noche o si me entretengo pensando en que siempre voy a poder encontrar cosas de ti que me gustan, aunque deje de segregar feniletilamina o como se diga, no se note mucho.

Y la otra cosa que puedo sugerir por ahora es la bondad de hacer cosas. Creo que eso no se nos da mal y reconozco tu alto nivel de exigencia al respecto. Igual que sé que hay algo que nos mueve a hacer juntos y que eso no se puede forzar, creo que nunca seríamos capaces de hacer sin quererlo realmente. No nos veo en empresas conjuntas por compromiso, por tradición o por mal entendida lealtad.

Y está el sexo. Sí, el sexo me importa. Ya te lo he escrito varias veces. Creo que sin él, es difícil mantenerse en el amor de nuestra edad, este que está desnudo de toda otra cosa. Sin el sexo de por medio creo que terminaremos por vernos como los monstruitos gruñones y achacosos que puede que seamos.

Ahora ponte tú a pensar y a construir la casa sobre este pobre basamento. Amplíala, aprovecha lo aprovechable y deshecha lo inútil. Crea una obra. Haz amor.pez-16

 

 

Cómo hacer que el amor dure

Ayer bromeamos una vez más sobre el posible agotamiento de mi testosterona, sobre nuestra potencial reacción ante una aparición repentina del alzheimer, sobre qué pasara cuando se enfríen lo efectos neuroquímicos del enamoramiento.

Ya es vox populi que la acción estimulante o incluso euforizante de esa deliciosa feniletalimina que se genera en las primeras fases amorosas tiene un periodo de persistencia que oscila entre un mínimo de 18 meses (tampoco se garantizan tantos) y un máximo de 4 años. Para entonces el organismo ya se ha habituado a la presencia en sangre de la hormona del amor y, como aquellas bragas rojas que te compraste y ahora te pones todos los sábados, deja de afectarle.

En breve nuestro amor cumplirá los tres años y quizá estemos abocados ya a ese declive del que históricamente hablan todas las parejas casadas y los libros de autoayuda. Antes de ponernos a dar grititos de angustia o pedir ayuda terapéutica sería conveniente detenernos a valorar qué tienen de acertadas estas suposiciones y, en su caso, aventurar remedios para esos irrevocables puñetazos del hastío y la repetición. Acabada la novedad ¿cómo se puede hacer que dure el amor?

Cuando se tienen veinte o treinta años hay muchas novedades por explotar: el alquiler o la compra de la nueva casa, su decoración, la progenie, su educación y crecimiento, los desafíos del crecimiento profesional, etc., etc.

Para nosotros, que superamos los cincuenta y prácticamente hemos consumido todas las emociones de aquellas primicias, el listón para mantener lozano y terso el amor exige algo más que buenas dosis de romanticismo, platonismo o regalos sorpresa.

¿qué opinas, dulce delfín?

La Traducción

Queriendo o sin querer, porque inconscientemente hemos caminado a ciegas hasta aquí o porque definitivamente nuestro interés por el amor y su camino se parece tanto al camino del que se interesa por el conocimiento o la filosofía,  hemos llegado a uno de los problemas clásicos de las habilidades del pensamiento crítico, y no sé si el favorito de Mattheu, pero sí el mío: el de la traducción.

¿Es prioritario conservar o retener el significado de lo que nos cuentan o es más conveniente quedarse con la idea, captar el feeling? ¿Me fijo en las palabras que escoge, y en su orden, o registro las modulaciones de su tono de voz? ¿Retengo el hilo de su argumentación o subrayo esa palabra que acompaña con el dedo que se alza, con esos ojos que bizquean o me huyen? ¿Me ocupo de lo que me está diciendo exactamente en este momento o aplico el filtro conveniente para enmarcarlo en su contexto? ¿O quizá mejor, me preocupo por adivinar su segunda intención, tanto si esta va oculta o aparentemente manifiesta?

El tema es complejo y la bibliografía extensa. Voy a intentar un análisis previo para que podamos abordarlo por partes. Las habilidades de traducción que, a mi entender, requieren los amantes son cuando menos seis: Narrar; describir; interpretar; escuchar; lavar y aclarar; proyectar.  Hablaré al final del que considero el máster de esta disciplina: inventar un idioma nuevo.

El cuento siempre es parecido, la literatura está en cómo se cuenta, dicen. Y dicen bien. Narras bien, me gusta tu cuento y creo que no tengo problemas en entenderlo. Cuando me pierdo, pregunto y tú eres una baquiana estupenda que desandas lo necesario para reorientarme en el mapa conversacional o llevarme de la mano entre la espesura hasta el punto de encuentro. Tu narración es coherente, lo es contigo y lo es para mí, incluso conmigo. En la pareja provecta se va pintando ese paisaje de la novela autobiográfica con los colores que ocasionalmente va trayendo el recuerdo, y siendo que siempre es un cuadro incompleto, basta con que las piezas encajen lo suficiente. Es un pasado, casi como otro cualquiera, y ya sabemos que hay muchos matices que se escapan, también que se cambia, y que todo lo que ya sucedió el cerebro lo adapta.

Por descripción deberíamos atenernos más a lo presente o presencial. A lo que nos sucede enfrente o nos ha sucedido esta tarde o anoche. Volvamos atrás. Si estás sin pareja y quedas en una cita a ciegas, o por internet, y lo que te narran no lo entiendes, no te enchufa, puede que necesites algo más que una cena para hacerte con los personajes principales o captar el intríngulis de la trama, pero ¿qué quieres que te diga? La cosa no pinta demasiado bien. La narración nos muestra la coherencia del de enfrente. No hace falta que sea el colmo de la elocuencia. No es de coherencia racional de lo que hablamos. Lo importante es que ese relato te encaje a ti, contigo, con tu historia personal, con la que tú te cuentas de ti mismo.

Puede pasar que a estas alturas te importe un bledo el pasado y esa maldita narración. Puede que la tuya sea un horror que no te apetece revisitar ni contar a nadie, o puede que no poseas la facundia necesaria para hacerla coherente. Lo entiendo. Puedes seguir jugando, pero ojo, si te falla la descripción, no la entiendes bien o no te interesa lo que describe tu pareja, quedáis abocados a un pozo de perplejidades, un laberinto de desencuentros.

Tú, mi pececito amado, describiendo eres la bomba: por lo general impecable, lúcida; algunas veces pareces un Kafka que no supiera el pobre que lo es; otras, y no precisamente cuando hablas de los sueños (ese es otro tema), te expresas como una pitonisa, con imágenes y dictados oníricos cuando en realidad quieres describir la realidad más prosaica y compacta; y veces hay que cambias de dirección, incluso de sentido, convencida firmemente de que sigues por la trayectoria inicial. Tranquila, todo eso no me despista, he aprendido a enriquecerme con esos regalos tuyos, espuma del pensamiento divergente.

En sí, esto ya es una forma de interpretación, y como tú dices, bondadosa. No es nada, una carrerita, comparado con el esfuerzo de interpretación bondadosa que tienes que hacer conmigo, bien lo sé. Te arrastro sin carburero por cavernas anaerobias, me sigues a los escarpados peñascos de Marte y, sin coraza, entras en mis aliagares, o te enrolas muda para cruzar océanos tras un leviatán o penetrarlos en busca de quimeras abisales. Más allá de la poesía, sé muy bien que me has acompañado muy lejos de tu casa ontológica y de tu comodidad conceptual.

No basta, y defraudaríamos a los que como nosotros se han adentrado en busca del verdadero amor si no les advirtiésemos lo suficiente, con aconsejarse una interpretación bondadosa. Este es un elixir de emergencia, una piedra de toque, un calibrado micrométrico. Antes hay que poner otros medios.

¿Qué pasa cuando no traducimos correctamente lo que nos dicen? ¿Por qué nacen los malentendidos? ¿Cuántas veces los malentendidos disparan emociones inapropiadas?

Todos los expertos en comunicación insisten en un punto básico: es poco posible alcanzar acuerdos de cualquier tipo en tanto no nos aclaremos en lo referente al valor, o significado, que le damos a nuestras palabras.

Por ejemplo, si me ofreces un “siempre que tú” como una forma de decir “atento que me estás pisando un callo” y yo (¡eureka!) lo entiendo, la transacción resultará exitosa y, antes de ofenderme por tu generalización, levantaré mi zapato, te pediré disculpas y rogaré para que empecemos de nuevo el baile. Pero, si en el fragor de las transacciones emocionales, se me escapa ese detalle subyacente y, con supuesta equitativa atención, deduzco que estás eligiendo generalizar para, no sé muy bien si distraer mi discurso, si compensar mis acusaciones o si verbalizar lo que piensas hace mucho tiempo y ahora decides poner con un palmetazo sobre la mesa, tengo todas las posibilidades de generar un mal rollo que dure no menos de dos semanas sin follar.

Es por ello que me atrevo a aconsejar lo siguiente a los amantes: en lo posible, dejad la poesía esotérica, los lenguajes crípticos, los silencios elocuentes, las elipsis supuestamente evidentes y  las suposiciones contextuales para aquellas conversaciones joviales y cómplices en que todo fluye.

Cuando el horno esté caliente y las emociones hayan perdido lo mejor de su valor para convertirse en ese oleaje del que hablas, conviene ponerse los guantes de cirujano, enfriar la sala, medir los pasos, escoger las palabras precisas, esterilizar el material, concentrarse, respirar profundo y prepararse para una larga operación que en su primer cometido tiene que dirigirse fundamentalmente a extirpar los malentendidos concretos que se hayan enquistado.

Y sí, por supuesto, escuchar, bien escuchar. De principio a fin, hasta oír completo el argumento del otro. Sin interrumpir, aunque se produzca un propicio silencio de medio segundo, tan oportuno para contradecir o contraatacar. Escuchar con la tablilla rasa, con la cera virgen, con la pantalla en blanco. Dispuesto incluso a ser el otro, a sentir como el otro, permeable a las emociones que nos lanzan, ocupando esos zapatos ajenos, su punto de vista, su lado del espejo. Escuchar y escucharse decir. Hablar suficientemente despacio como para disponer de neuronas que se empleen en metacognicionar lo que decimos y cómo lo decimos. Escuchar se nos da bien, mi pseuda, pero tenemos además este registro escrito que, para el que no lo emplee, aconsejamos por encima de todos los demás. Pues lo escrito se medita antes de escupirse, se revisa y pule antes de enviarse, se edita, se publica y queda, compromete, enseña. Leyendo somos más el otro que nunca, nada nos pone más empáticos que una buena novela. Si pudiésemos deberíamos rodar una película.

Lavar: eliminar la suciedad, de los oídos, de lo maldicho, de los prejuicios, de la animadversión. Para lavar antes que nada hay que encontrar y reconocer la mancha. Hay quien entiende que corregir es perder. Para los amantes nunca sucede así. Lo que les interesa no es ganar sino continuar juntos por el camino correcto, el que les gusta compartir. Es por eso que aclaran con agua fresca y tienden sus prendas al sol: el aire corre y el ropaje parece ajeno, una verdad compartida y lista para estrenar una nueva jornada.

¿A dónde vamos ahora? Qué gusto da proyectar un viaje sin rémoras. Qué placer sentirse uncido a un animal análogo, sumando fuerzas contra lo que se ponga por delante. Es momento de el hacer de dos, de no quedarse a mirar si viene otra ola. La espera no es para los amantes; si quieres que suceda, hazlo.

Y así, haciendo camino es como se fabrica el idioma de los amantes expertos: “me dice que decida yo, hum, eso quiere decir que en realidad no quiere ir a ese concierto”; “se ha puesto los calzoncillos que me gustan, mmmm, eso quiere decir que esta noche nos chuparemos”.

Mientras el razonamiento preserva la verdad del amor, la traducción preserva el significado de vivirlo intensamente.

De lo general a lo particular.

Estoy totalmente de acuerdo, amado mío, con lo que dices y aunque suene falso no me avergüenza enunciarlo claramente.

Pero, alguna puntualización me parece necesaria. Los siempre y los nunca suelen ser expresión de un cierto estado de enfado o decepción que llevan a la huida de la generalización. Por ello no deben ser desestimados, considerados solamente torpezas del vocabulario o el razonamiento. 

Mas me parecen lamentos, señales de algo que debe ser cuidado y tenido en cierta cuenta. Está claro para mí que generalizaciones no sirven casi nunca como buenas razones. Pero aunque malas razones algo de razón pueden tener y en ese pequeño punto de equilibrio podemos rescatar algún valor. 

Concuerdo contigo en que esas generalizaciones conducen a una percepción sin mucho matiz, incluso desteñida del color de aquella otra que nos dejó rabia o pena. Y que debemos entrenarnos en el hábito de desterrarlas del vocabulario del bien razonar. Pero aporto que también hay que ser hábil y estar dispuesto a comprender al otro por debajo de la palabra. 

Me entusiasma y me atemoriza esa exigencia tuya por la evidencia, los datos insoslayables. Eres un pensador hábil y dispuesto. Pero me gustaría girar la atención hacia otros matices de la discusión, informales quizá. Hay que ser muy hábil para no sacar las afirmaciones del contexto, y en esto hay que ser tan cuidadoso porque a poco que se muevan de su sitio original se convierten en serpientes. Creo que contextualizar no se refiere solo a la acción del hablante, sino que el oyente debe hacer también un acto de su voluntad de aceptar y entender el contexto, incluso mas, debe ser capaz de percibir y aceptar entrar en un contexto que no le es cómodo o familiar.  Creo que nosotros nos entendemos bien en el primer nivel, el de las razones del pensamiento crítico. Pero donde debemos progresar es en el nivel de la razón informal o mas claramente emocional. 

Creo que una discusión que deje de lado la consideración cuidadosa de las emociones que subyacen queda claramente mermada.

Es más, creo que es ahí donde la bondad se manifiesta. Creo que ser capaz de escuchar la razón por debajo del ruido de la emoción exige tanta ración de inteligencia como de bondad. Tu andas sobrado de ambas yo algo menos pero me puedo arreglar.

No estoy diciendo que sucumbamos al oleaje de las emociones expresadas como razones. Ni mucho menos. Ya sabes que a menudo soy yo quien argumenta haciéndolas explícitas. Claro siempre con tus razones. Ahora me falta hacerlo con las mías, creo que detectarlas las detecto pero hay situaciones, contextos, en las que me es mas difícil tanto decirlas como mantenerlas tranquilas.

Y creo que eso nos pasa a ambos, entre otras cosas porque las emociones están para o producen eso, emociones en el otro. Hay gritos inaudibles que inevitablemente hacen que el oyente derrame  en su mente razones para las que no está preparado y que por tanto le golpean en la cara sin avisar.

No es nada nuevo, ya lo hacemos desde el principio, como no puede ser de otra manera en los aficionados a la discusión.  Ahora nos toca rozar la perfección, siendo capaces de incluir en la ecuación lo que el otro no dice o dice a gritos sin palabras. Así nos entenderemos sin esos roces ni escozores que mencionas. Nada de lo que dices me debería hacer daño, y si me lo hace, rebusco la razón hasta encontrar la bondadosa que puedo aceptar e incluir en el discurso. Y así me curo, aunque, si, reconozco que el aceite de hipérico hace su trabajo a veces rápido pero a veces demasiado lento y me deja a mi emborrachada con generalizaciones que tengo que particularizar con mimo poco a poco hasta dejarlas en la medida en que las puedo tragar sin indigestión.

Así es que, aun estando de acuerdo contigo, quiero denunciar que  la bondad está ya de hecho incluida en nuestro discurso. Y que por ello me satisface mas que todo. Exagero quizá, pero pensar que una de las cosas que más hacemos es una tarea que en la verdad compartida nos hace progresar hacia la mayor bondad me colma.

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Nunca Siempres

En mi modesta opinión, solo fundada en la experiencia, si hay un síntoma inequívoco de que una pareja ha llegado al final de su relación racional y llevadera (lo cual no quiere decir que dejen de dormir juntos o compartir la mesa) es el momento aquel en que uno le hace al otro algún tipo de reproche que empieza o incluye una de estas dos clausulas: “siempre eres tú el que…” o “nunca me dejas que…”. En versiones menos letales pero suficientemente significativas se encuentran expresiones menos directas pero que incluyen o señalan a un Siempre o a un Nunca, declarando inequívocamente aspectos de la relación que, cual foramen en el fuselaje amenazan con llevar el dulce planeo intelectual de la pareja hacia un picado forzoso y vulgar con resultados más que predecibles.

Y es que para cualquier pensador, por no decir filósofo, resulta patente que englobar la singularidad en una forma de generalidad, que todo lo emborrona de un color o lo decolora por completo, es una forma de aniquilar cualquiera de los matices de la existencia, de la conducta, de la interpretación y, por ende, las posibilidades de un diálogo razonado que lleve a alguna parte, aunque fuere una isla ignota, medianamente interesante.

Significa que ya uno ha elegido para siempre unas determinadas lentillas con las que va a escudriñar al otro, o bien teñidas de ese simpático o denigrante pantone, o bien rayadas por tal o cual arañazo rancio que el rencor no permite cauterizar.  La argumentación sobre lo concreto, sobre el acto o el hecho en sí, con su contexto temporal y circunstancial, queda arrinconada, sin sentido o sin interés, y la pareja se enfrenta en una Gran Discusión basada enteramente en la supervivencia de los egos. Alzan la voz, se miran con recelo, pierden la tierra bajo los pies y como adolescentes que no temen el riesgo del desgarro emocional se enzarzan  en una, más o menos sutil, batalla a garrotazos donde parece que lo único que da puntos es mantener la cabeza erguida y apostillar sobre las supuestas debilidades fundacionales del otro.

El final de estos pobres debates es aún más improductivo si se piensa en ofrecer esa cabeza en bandeja o posarla en el suelo para que te la pisen. Por mucho que existan compensaciones ulteriores derivadas de una recuperada paz o basadas en el supuesto beneficio del olvido nunca debe negociarse una tregua de este estilo.

El amor debemos exigírnoslo en lo singular del cada día, por la nuestra capacidad para cambiar, para cumplir con nuestro afán por alcanzar la verdad compartida. En ese marco resulta improcedente adquirir premisas insoslayables, prejuicios.

Te quiero, entre otras muchas razones y emociones, porque sé que aprecias y entiendes estos matices del pensamiento crítico. Distingues bien entre opiniones, hechos, argumentos e ideas.

Todo ello no quita, y adelanto aquí una posible refutación, para que te exima de tanto compromiso el que yo, tu amante, tenga un carácter tenaz, un pneuma empeñado en el análisis exhaustivo, una pasión incondicional por la evidencia razonable, tanta y tan cargante, que den ganas a veces de desactivarme con un topicazo. O bien: que haya partes constitutivas de mi ser que resulten de una consistencia inamovible, y que esas piezas rocen, escuezan o incluso te hagan daño sistemáticamente. Puede ser. En ese caso, ya estás tardando. Huye insensata.

Los hijos y los padres postizos

¿Cómo abordar un tema tan áspero, ramificado y complejo? Los hijos son un contexto en sí mismos. Cada uno constituye una lente particular para nuestra forma de abordar y entender la realidad, un prefijo diferente con el que marcamos al teléfono de la vida confiados en poder oír algo de lo que sabemos que nos conviene, o nos gustaría, oír. Los prejuicios positivos con los que analizamos a nuestros hijos son la mejor versión del espíritu comprensivo que el ser humano lleva dentro. Lástima que no seamos capaces de hacer extensiva esa empatía y esa tolerancia también a los hijos de nuestros vecinos.

Nosotros discutimos por lo que hacen, o más bien, por lo que dejan de hacer nuestros hijos. Como no son nuestros, de los dos, sino que pertenecen a nuestros anteriores consortes, la situación es socialmente novedosa y no se puede abordar con las parábolas aleccionadoras de ninguna de las tradiciones morales conocidas. Es el momento de acudir limpiamente a la razón y al diálogo para descubrir y establecer los parámetros adecuados y el protocolo más conveniente. Son muchas, muchas las parejas que en esta edad avanzada, después de el feliz y ya casi inesperable encuentro por el que se unen en un delicioso amor, acaban naufragando en el difícil momento de tener que elegir entre sus hijos y su amante.

No es que sea más sencillo cuando los hijos nos pertenecen a ambos, puede incluso que esa condición natural haga aún más difícil la resolución de los problemas que plantea. Si esa manía que tiene es tuya o mía, si tú le dejas hacer eso que yo no quiero que haga, si le mimas o si le presionas demasiado, si se parece a tu padre o a mi madre, si carga con esa maldición de tu apellido o si se ve claramente que ha sido tu falta de escucha la que le ha hecho tan irascible , si no le hubieras dado tanto de mamar o si le dieras menos paga los domingos, si le dijeras las cosas, si la dejaras en paz, si hablaras con ella, si le escucharas… Cada hijo viene al mundo con una carga genética de singularidad insospechada; una porción de su ser será como dicten esos genes y no podremos hacer demasiado para cambiarlo. En un ambiente muy similar y con una educación semejante dos hermanos acaban tomando derroteros completamente dispares. Pero parece verdad que una parte considerable de su genética y de su fenotipo integra también nuestro sello, las particularidades de nuestra filogenia y de nuestra forma de ver el mundo, nuestros hábitos, nuestra biota, nuestros gestos, nuestro vocabulario y nuestro modo de emocionarnos en la vida. Por esa comunidad de entenderes el juego de la educación se despliega sobre un tablero de casa, con las reglas implícitas de casa, con las trampas admitidas de casa, con las ganas de que a ser posible todos salgan ganando, al menos alguna vez en alguno de los muchos juegos que jugamos. Esa es otra de las bondades intrínsecas al hecho congénito y derivadas de compartir la misma sangre y la misma casa: hay un impulso positivo hacia formas de compensación que fomenten una evolución que haga más fuerte y equilibrado el clan familiar. Evidentemente el modelo se ve interrumpido y agredido muy a menudo por los imperativos de la competitividad y la flaqueza de los celos.

Sospechamos que hay estímulos más adecuados, recursos que podemos movilizar o iniciativas que podemos poner en marcha para ayudar a un hijo con problemas, pero con el tiempo nos damos cuenta de que cuanto discutamos nosotros sobre el mejor procedimiento probablemente influye mucho menos que lo que pueda contarle un amigo en la esquina de enfrente.  Hay edades en las que ya es así. Y suele ser lo habitual cuando la paternidad no viene de natural sino que se adopta por la unión con un ser querido a edad provecta. No somos parte del contexto genético, no hemos estados presentes en la ontogenia, no hemos influido, ni acrecentado ni mermado en nada a ese ser que, muy probablemente a su pesar, nos tiene que aceptar como una especie rara de figura parental. Desde luego, yo recomiendo que de entrada la actitud del padre o de la madre a la fuerza sea lo menos ortodoxa posible: si logramos comportarnos como buenos compañeros de piso habremos establecido una distancia favorable para una relación que no se vicie con afectos artificiales. No podemos recrear emociones imposibles de implantar o trasplantar de la noche a la mañana. Lo que tenga que suceder ha de ser tan novedoso como lo que les está sucediendo a los amantes. Trabajemos del mismo modo que hacemos al ingresasr en un nuevo puesto de trabajo: si podemos hacer amigos mucho mejor. Por desgracia este jardín conserva raíces y semillas de muchas plantas y los planos de los jardineros que lo iniciaron  yacen en pedacitos pequeños junto con los papeles del divorcio.

Entremos a ver cómo aramos, abonamos, podamos, arrancamos malas hierbas y sembramos flores fragantes o bulbos nutricios que todos los huéspedes de esta nueva vida podamos compartir.

Cómo dar y cómo recibir

Mmmm, da pereza, después de tanto tiempo y de tan buenos ratos pasados juntos este verano, sin la apremiante necesidad de acordarse de los precios, los valores y los chantajes, y da algo parecido al recelo, volver a tratar el tema de la economía del amor.

Pero es bien cierto que es un tema recurrente, espinoso y que cuanto antes conviene destripar o diseccionar para que no gangrene nuestro paciente amor. Creo, sin ir más lejos, que el otro día mantuve sin pestañear que en el amor hay intercambio o no hay nada. Que el amor de entrega total, que no espera nada a cambio, es poco creíble y a medio plazo una balanza rota, un sacrificio, un victimismo, una bancarota, en el mejor de los casos, un pedir (sin pedir) al otro lo que seguramente no pueda darle.

Y empiezo por aquí porque si tratamos el tema del precio convendrá cuanto antes saber o aclarar si nosotros consideramos que en el amor existe o debe existir algún tipo de transacción. Yo ya me he posicionado: si te chupo quiero que me chupes. Si te quiero, quiero que me quieras. Si te hago la comida quiero que también me la puedas hacer tú (y viceversa, of course, son ejemplos). Adoro que me dobles el pijama mientras yo te preparo el zumo de naranja. Me llevo tus problemas en la cabeza y tú vuelves de trabajar con soluciones para los míos. Soporto tus bajones, soportas mis subidones. Es que no lo puedo entender de otra manera: el amor es un techo que se sostiene en dos paredes que somos nosotros; hay una permanente carga y distribución de fuerzas; el arco fracasaría con una sola columna. Nos gusta ese tejado que nos cobija, nos proporciona un lecho seguro para el descanso y la recarga y da un sentido a nuestra intimidad, incluso la más disparatada, la que queramos inventar solo para la complicidad de nuestras individualidades.

¿Sigues pensando que se puede amar sin esperar ser amada? Bueno, no voy a discutirlo, Teresa de Ávila amaba sin tasa el éter,  pero entiendo que no es nuestro caso. Quizá puedas creer que eso es posible en otras relaciones (las de madre/padre hijo pueden incluir esa asimetría, lo comprendo) o a lo mejor te estés refiriendo a que en algunas circunstancias, en determinados casos, se puede estar haciendo, dando, algo sin esperar amor a cambio. Estrictamente hablando yo considero que en el amor hay transacción, y es necesaria, sin embargo no creo que este sea ni su mejor aspecto ni el visor por el que hay que estudiarlo. No miro cómo están las cotizaciones antes de darte los buenos días ni consulto el Nasdaq para decidir si te invito al cine. No llevo la cuenta de si lo que me das compensa cuanto yo hago por ti ¿Seguro?

Verás, conviene la máxima sinceridad en esto, en caso contrario puede caerse en la tentación platónica de creer que el amor pende de hilos celestiales o en la vaga presunción de que el amor está constituido por un fluido inmaterial y profundo que unos tienen y conocen y otros o no tienen o no lo conocen. Sí me parece que todos llevamos una cuenta interior (unos más, y otros menos, exhaustiva) del estado de estas transacciones y hay ejemplos muy significativos de su evidencia: ese beso menos prolongado, esa llegada tardía a la cama, ese abrazo más laxo, o a la inversa, esa sonrisa más abierta y generosa o ese regalo sexual sorpresa, son sutiles signos externos del estado de esa balanza de pagos.

En fin, la cuestión que planteas ahora es otra: ¿Doy todo cuánto puedo dar?

No es la primera vez que me hago esa pregunta. La respuesta no es simple. A mi entender toda donación debe incluir la opinión del donante y del tomador. Hace tiempo se debatía si la ayuda humanitaria a los países con hambruna debía seguir cubriendo sus escaseces o mejor debía dirigirse a mejorar los medios de producción del país deficitario; así se decía aquello de “No les demos peces, enseñémosles a pescar”. Aún a día de hoy no ha sido fácil resolver la cuestión: de lo que reciben una parte importante se convierte en mercado negro y fermento de mafias, se crean dependencias e indolencias y consecuentemente desconfianza en el donador sobre la bondad de su esfuerzo. Pasa esto incluso cuando se donan hospitales o pozos de agua. Seguramente las castas que acaben dominando los beneficios del pozo piensan bien del donador pero los que se queden sin agua consideren maldito el día que les entregaron más poder a los de siempre. Las ONG persisten en el empeño, con peces y con cañas, porque son conscientes de que algo llega, algo queda y al final se produce un pequeño avance de bienestar e incluso de mejora social. Y sobre todo persisten porque, aunque tenga interpretaciones repugnantes, es la única manera que tienen de hacer algo por los tomadores que lo necesitan.

¿Debo dar lo que no necesitan por el hecho de que lo tengo o incluso me sobra? Dar el amor es una de las más delicadas labores del amante. Muchas veces porque no siempre encuentra el camino adecuado para expresar cuánto y cómo siente, y lo guarda en su burbuja antes de que lo contamine la atmósfera; otras porque lo que está dispuesto a dar puede que no haya quien quiera recibirlo, o vaya a entenderlo, tal y como su generosidad lo crea y recrea en su magín; y otras porque aunque se lo des sin más, a tu amante puede que no le haga falta y lo considere un regalo superfluo o interesado.

De ahí que sea tan grato (y raro) encontrar un amante que recibe con gusto manifiesto lo que le damos (yo tengo la fortuna de haberte encontrado gustosa con lo que tengo para darte) y tan ingrato aquel que tiene la mosca detrás de la oreja por cada uno de nuestros regalos. Por analogía, me atrevo a postular que la gran virtud del que hace regalos no está en el precio del presente sino en acertar con el gusto (y necesidad) del agraciado. No es tu caso, pero es conocido el paradigma de parientes que por presumir de generosos regalan vajillas de plata a quien no tiene qué comer.  Si ha de servirte de algo, mi hábil delfín, te diré que tus regalos (incluso la desbrozadora) han llegado a tiempo a la diana de mi gusto, aunque en ocasiones haya considerado oportuno debatir conjuntamente si al caso le convenían más los peces o las cañas de pescar.

El precio

Hacer las cosas por amor es solo un poco más difícil cuando el otro piensa que se hacen por interés y que se van a cobrar tarde o temprano y no quiere pagar el precio.

Pero como yo mantengo que una debe amar sin esperar ser amada pues me veo ante la disyuntiva. ¿Hago lo que yo creo que debo hacer, llego en mi compromiso y doy hasta el límite de lo que puedo hacer y dar, o me retraigo y me inhibo porque lo dado y lo hecho va a ser recibido como un chantaje, como una venta no acordada, como algo que se ve el otro  obligado a comprar en contra de su voluntad?

Por el momento primero hago lo primero, y cuando ocurre lo segundo, me repliego a mi  línea anterior, como ocurrió con la desbrozadora y con otras cosas parecidas.

Y entonces ¿que? ¿Amar menos?

Quizá no sea amar menos, sino amar de otra manera. ¿Es necesario aceptar que aquello que al otro no le parece bien no debe ser hecho?

¿Es el hecho de que la acción no sea tomada como generosa, razón suficiente para no hacerla?

Parece que si, pues entrar en ese terreno de los precios y los pagos, de medir y contar lo amado, es entrar en zona de amor repugnante. Casi si cabe la menor sospecha de que vas a tomar lo que hago como un chantaje debería no hacerlo. Pero una vez que has emprendido ese camino ¿puedo yo hacer algo para evitarlo? ¿Vas ya a estar siempre con la mosca detrás de la oreja valorando cuales de mis acciones esperan recompensa?

Mal camino.

Así pues no me queda otra.

Creo que sé lo que tengo que hacer y es eso. Y desear que lo que hago te parezca acto de amor sin mas, y si no es así y lo consideras trampa en el camino para hacerte caer en débitos indeseados aceptar el hecho de que veas en mi fealdades y resistirme a verme yo con ellas.

Aun me siento bella pues hasta ahora me has devuelto una imagen bella de mi misma. Espero que lo que tu dices ser apenas mancha en la camisa no se vuelva horrorosa pústula en el rostro. Creo que no soportaría verme así en tus ojos y por tanto en los míos.

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Y a mí tus nalgas

¿Creían los lectores que éramos Romeo y Julieta, los amanes de Teruel, Ulises y Penélope? ¿Cree alguien a nuestra edad provecta que el Amor no tiene fisuras, que no decae, que no se resquebraja? Si nos planteamos estas Discusiones para Amar desde el principio de nuestra relación fue precisamente porque nos sabíamos conscientes de que no existe ni el movimiento continuo, ni el orgasmo en cada polvo, ni la mengua de todo lo que crece.  ¿Puede entonces haber enfados en el amor y seguir habiendo amor? Claro, siempre que haya comunicación. A veces, como cuando uno se quema o se rompe un ligamento o el brazo, hay que esperar un poco a que la piel se regenere o el hueso suelde, y por eso hay distanciamiento, frío, zonas tenues o difusas donde antes había un movimiento natural y radiante. Escayolamos el brazo o ponemos gasas en la piel quemada porque no estamos dispuestos a deshacernos de ese utilísimo y querido apéndice. Tú te has aferrado a mi culo, y me parece bien, aunque no creo yo tener un culo tan merecedor de esa devocción.

Es así, es lo que les falta a los místicos, a los curillas, a los célibes que pretenden saber del Amor y se deshacen en palabras floreadas y tópicas desde los púlpitos: el Amor es poco sin la carnalidad que lo refrenda. Tanto es así que se aguanta lo indecible por mantener los pies calientes en invierno, por disponer en la oscuridad de un olor corporal determinado, porque las yemas de los dedos obtengan finalmente lo que pasan el día deseando, porque estalle y se derrame ese regalo inmaterial incuantificable, al menos una vez al día, a la semana, al mes. Y tiene sentido. Fue antes el tacto y el sexo que el amor, que la palabra incluso ¿cómo podemos desgajar una cosa de la otra? Lo hacemos porque querríamos vivir en el ideal. La historia ha dado muchos ingenuos que prendieron hacer de la vida un espejismo al que debe renunciarse y que en la nada se esmeran en construir con lo intocable. Ya sabes que no soy de esos. Para mí hasta lo más volátil, el pensamiento más sublime, me parece material, noble Materia.

De modo que agárrate a mi culo con la desesperación que consideres oportuna, con el gusto que te venga en gana, cuánto creas necesario para seguir amándome el día que me quiten (te quiten) la escayola, que yo tendré mis días en que sean tus pezones los que me abrasen los labios por no tenerlos a su alcance, que soñaré con tus nalgas rampantes, que lloraré por no sentir tu lengua recorriendo de la yugular a mi prepucio.

Ese es amor del bueno y me atrevería a decir que del Mejor, es ligamento y adhesivo, es simple y resistente, es fiable: cuando no existe poco dura lo demás. ¿Lo es todo? Tampoco. De eso ya vamos hablando.